Estos peces que se mueven, sin memoria, se encuentran y se olvidan... son mi mente.
Les Éphémères montaje del Teatro du Soleil
"Todo empezó cuando, desde San Peterburgo, Catalina II, emperatriz de Rusia, escribió a Denis Diderot, quien se hallaba en París, una carta en la que rogaba le recomendara un escultor para realizar en su país un monumento destinado a ensalzar la gloria de Pedro el Grande". Así comienza su autobiografía Nina Berberova.
La escritora rusa cuenta luego cómo, tras varias noches de insomnio y después de consultar con sus amigos, el francés partía, hacia el Báltico para encontrarse con una mujer a la cual le uniría una peculiar amistad primero y una larga e intensa correspondencia después. Esta relación, mítica y mitificada, acabaría por acercar no sólo a dos personas a través de unos lazos tan poderosos como ambiguos, sino a dos paises, a dos ciudades esenciales para el desarrollo de la Modernidad: San Petersburgo que sólo aparenta existir y París.
Aunque también se podría pensar que esta historía no tiene nada de extraordinario, salvo quizás para los protagonistas. Se trata de una secreta e inconfesada pasión: es una historia banal, reiterada. Sin embargo, es esa pasión la que ofrece a los súbditos de la emperatriz, la temprana posibilidad de leer textos franceses después de la compra de la biblioteca y los manuscritos del ilustrado. Tal hecho modifica la cultura rusa y acaba por afectarnos a todos en tanto parte de una tradicción compartida, la occidental.
El interés de esta historia radica, pues, en la similitud con tantas otras historias que, por motivos diferentes, en cada caso plantean un acercamiento a la Historia.
Encuentros como sorpresa, como fascinación, como atracción mutua, como búsqueda de lo diferente, como un nuevo modo de acercarse al mundo y mirarlo, como la impresión de empezar desde cero, borrando lo previo...encuentros...
Sin embargo, los encuentros no duran para siempre, se agotan por su misma naturaleza. Así debe ser y, como suele suceder con esos instantes maravillosos en que se tiene la impresión de que a través de esa ciudad, de esa persona, de ese acontecimiento...se podrían transformar las cosas, al final todo vuelve a parecerse a lo de antes. De este modo surgen los dencuentros necesarios, aunque a menudo resulten tristes. Leyendo la inacabada Bouvard y Pécuchet se tiene la impresión de que Frlaubert no llega a terminarla porque sabe que los dos protagonistas deberán separarse y no soporta la ruptura. Ese es el privilegio de la literatura, suponemos, la capacidad para silenciar lo doloroso.
Por el contrario, en la vida real los desencuentros forman parte de lo contingente, la garantía de cambio: hay momentos en que es preciso alejarse.
El azar reúne y el azar separa, pero siempre permanece algo de aquello que estuvo."
Estrella de Diego Historia 16 "Arte Contemporáneo II"